Desde el 15 de junio de 1937 recibo revelaciones mediante la voz interior y, accediendo al deseo de muchos amigos, me es grato describir brevemente el proceso de la recepción espiritual y mi propio punto de vista.
Nací el 1 de abril de 1891. Soy la segunda hija del pintor Karl Dudde, de Lignitz, Silesia, Alemania. Nací y viví armoniosamente en el seno de la familia, con mis seis hermanos, pero con no pocas preocupaciones. Como me gustaba coser, podía ayudar un poco a mis padres. Con eso les ayudé hasta hace poco. Pero los apuros continuaron.
El rigor de la vida me indujo a pensar seriamente sobre las distintas preguntas de carácter religioso que yo misma me hacía.
Mis padres pertenecían a diferentes confesiones; mi padre era protestante y mi madre católica. Los niños fuimos educados en la fe católica, pero nunca sentimos presión por parte de nuestros padres, de modo que también más adelante pudimos profesar la fe según nuestra libre voluntad. Yo misma era católica, pero no podía realmente subordinarme al concepto eclesiástico de educación, a pesar de que respetaba la iglesia. Pero de ninguna manera podía profesar aparentemente algo de lo que internamente no estaba convencida. Por eso dejé de frecuentar la iglesia. No tenía conocimientos de la Biblia, no leí literatura religiosa ni tampoco científica, y no simpaticé con secta alguna.
El que conoce la doctrina de la iglesia católica, sabe muy bien lo difícil que resulta separarse de ella. De modo que también yo tenía que sostener estos conflictos interiores y me preguntaba: ¿Qué es lo verdadero y dónde lo encuentro?
Rezando el padrenuestro, muchas veces imploré al Señor que me dejara encontrar su reino, y mis oraciones fueron atendidas. Fue el 15 de junio de 1937. Estaba rezando toda tranquila, observando mi interior, un estado en que permanecía frecuentemente, porque en él siempre me sobrevenía una paz maravillosa y me venían pensamientos, no a la cabeza, los sentía en la región del corazón. Pensamientos que me daban consuelo y fuerza.
Entonces aún no sabía que estos pensamientos estaban inspirados, hasta que un día un sueño claro me incitó a anotarlos. De modo que aquel día memorable cuando escuché en mi interior, entendí claramente una secuencia de palabras que anoté. Fue el primer capítulo que me fue dado y que empecé con las palabras: En el principio fue la Palabra. Un homenaje al Creador del Cielo y de la Tierra.
Y después vinieron mis dudas: ¿Acaso podían surgir de mí misma estas palabras? Recé y luché. Tenía que sostener muchas luchas interiores, pero esas palabras vinieron cada vez de nuevo, con una sabiduría y claridad que hacían que me estremeciera. Pero Dios mismo me quitó las dudas. Él me contestó, y reconocí al Padre. Mi fe aumentó, las dudas disminuyeron, y recibí y anoté las comunicaciones diariamente. El contenido de los dictados sobrepasó mi entendimiento. Había explicaciones y expresiones nunca oídas ni leídas por mí, y términos científicos y palabras extranjeras. Ante todo, las afirmaciones de Amor del Padre en el Cielo, antes nunca oídas, crearon para mí un refugio en el que se evidenciaba el sentido de todas las situaciones en que la vida nos pone.
La transmisión de la palabra interior se desarrolla como sigue: Después de una fervorosa oración y un corto relajamiento escucho en mi interior. Luego se forman los pensamientos, muy precisos, siempre en secuencias de tres o cuatro palabras seguidas, muy despacio, para que pueda anotarlas fácilmente. De esta manera se forman las oraciones, parte por parte. Y yo escribo en taquigrafía las palabras como al dictado, sin participar conscientemente. No me encuentro en un estado de trance, ni tampoco soy yo quien forma las frases, pues, las palabras vienen a mi encuentro, sueltas, sin que durante el dictado me entere de su sentido.
Después de días, y a veces semanas, transcribo la taquigrafía palabra por palabra sin haberla revisado antes. Nunca he corregido el texto o el estilo, y menos todavía el sentido. Un dictado dura más o menos media hora. Todavía quiero poner en claro que el proceso de la recepción requiere un estado de relajamiento absoluto; todo se desarrolla en un estado sobrio y sencillo sin estimulación ninguna de la propia voluntad. Puedo interrumpir la comunicación en cada momento, hasta dentro de una frase, y después de horas o días puedo continuar, reanudando el texto donde quedó interrumpido, sin haberlo repasado. De modo que mi voluntad está libre de cualquier imperativo. Yo no quiero otra cosa que servir a la Voluntad de Dios, poder cumplir con su santa Voluntad. Se puede decir que fui introducida en la Verdad divina como un párvulo, a nociones que resultaban totalmente fuera de mi entender.
Sólo años después, por otra parte, se confirmó lo que había recibido: Llegué a conocer literatura del místico de Estiria (Austria) Jakob Lorber. Nadie comprenderá mis delicias, cuando leí sus obras: El gran Evangelio de Juan y La Infancia de Jesús. Sólo entonces llegué a saber que también a otros hombres fue concedida la Gracia de recibir la Palabra del Señor, y que Dios en todos los tiempos se había revelado a sus hijos, y que siempre continuará haciéndolo. ¿Acaso el Amor ilimitado del Padre pudiera actuar diferentemente? En las obras de Jakob Lorber vi confirmado lo que me había sido revelado antes. Muchas veces las revelaciones me resultaron incomprensibles, pero el Padre celestial me dio las explicaciones. Sin entrar en detalles: Maravillosas son las relaciones que manifiestan la humildad y dulzura inimaginable del Padre.
Con mi cultura general poco desarrollada me sentía como una novata. La falta de dinero y de tiempo me impidió leer buenos libros o asistir a conferencias. Sin alternativa tenía que trabajar intensamente desde la mañana hasta la noche. Pero aun así recibí diariamente las dádivas deliciosas de bienes espirituales, todavía sin saber con qué finalidad.
El hecho de que pudiera aceptar estas palabras de las alturas sin crítica alguna, debía estribar en mis conocimientos de la Biblia y de la literatura católica, prácticamente nulos. Según mi entendimiento actual, tanto los católicos como los austeros protestantes cuyos conocimientos se basan exclusivamente en los principios dogmáticos de la Iglesia, están demasiado enraizados para que puedan considerar las nuevas revelaciones sin contradicciones ni reparos y luego asimilarlas progresivamente.
Cada uno es libre de aceptar o no las palabras del Señor. Pero aquel que ha comprendido el mensaje y no actúa de acuerdo con él, aumenta la distancia entre el Padre en el Cielo y sí mismo. Como no considera las palabras de Amor del Padre, queda inevitablemente sometido a la ley, privado de toda Gracia mientras continúe menospreciando el Amor divino ofrecido.
Por la Gracia de Dios el Evangelio llega de nuevo a los hombres, llamándoles encarecidamente la atención sobre el objetivo de su existencia en la Tierra. De esta manera el Amor de Dios procura salvar todo lo que todavía tenga remedio antes de las postrimerías venideras. La era anunciada por profetas de todas épocas, la época final, ya ha empezado. Según mis notas Él no hace distinción entre sus hijos. Su llamada de atracción es: ¡Venid todos a Mí! Bienaventurado será aquel que le escucha y le sigue. Dios ama a sus hijos y quiere que todos sean felices, aunque tal vez no le hagan caso.
Escrito el día 22 de noviembre de 1953
Firmando: Bertha Dudde
El día 18.9.1965 Bertha Dudde pudo dejar su envoltura terrenal atrás y regresar a la Casa celestial del Padre